Mar
20
2020

Relato desencadenado

[CP Recio]

«Llevaba un rato despierto con la extraña sensación en el cuerpo de que algo no iba bien, pero no fue hasta que abrí los ojos y me incorporé lentamente cuando me di cuenta de qué era en realidad…”

[Athalberht]

El despertador todavía marcaba una hora temprana en aquella mañana. Ya lo había notado al vislumbrar el exterior a través del resquicio que dejaban las cortinas entreabiertas. La luz que se filtraba a través de ellas todavía era efímera. Pero ese era, precisamente, el problema. Yo no tenía despertador. Nunca lo había tenido. Por tanto, ¿dónde había pasado la noche?

[Nelo]

La puerta de mi habitación estaba entreabierta; por el hueco se colaba una franja de luz ambarina y vaporosa, acompañada por una ligera corriente de aire. Pero, al acercarme a ella para cerrarla, vi cómo se deslizaba una sombra furtiva al otro lado, y sentí un fugaz escalofrío en la espina dorsal.

[CP Recio]

El dueño de la esquiva sombra vestía una bata blanca y empujaba un carrito manchado de sangre. Transportaba herramientas de quirófano y una extraña caja de color rojo sellada con un cierre de seguridad. En un lado tenía una etiqueta con un nombre. Mi nombre.

[Athalberht]

Un miedo atroz me paralizó al ver la figura aquella. Pero necesitaba encontrar respuestas. Así, que, lentamente, terminé de abrir la puerta de la habitación. Por suerte, está no chirrió, lo que me permitió no delatar mi presencia. Empecé a caminar por un largo pasillo. Sentí frío en mis pies. Aquella sensación fue la que me hizo ver que estaba descalzo. Sin embargo, no encontré con qué calzarme. Entonces, me fijé un poco más en qué llevaba puesto. Solo una camiseta y un pantalón térmico, de esos para hacer deporte en ambientes fríos. Aunque no creo que fuera este el caso. Además, su color era blanco. Y aquello no me ayudaba a tranquilizarme.

[CP Recio]

Seguí la sombra por un oscuro pasillo cuya única luz la proporcionaba una vieja bombilla de cristal que parecía haberse suicidado colgándose del techo. El suelo estaba sucio y lleno de charcos malolientes. Al fondo del corredor, la sombra atravesó unas puertas batientes que impedían el paso al otro lado. Lentamente me acerqué al ojo de buey y cuando me asomé, no pude contener un grito de terror.

[CP Recio]

Al otro lado del cristal había una enorme nave frigorífica de techos altos de los que colgaban decenas de burbujas transparentes cuyo contenido eran cuerpos. Todos estaban etiquetados y parecían estar clasificados por edad

[CP Recio]

Justo cuando me disponía a salir corriendo noté una respiración caliente en la nuca y algo me agarró por el brazo. Era una garra peluda con las uñas gruesas y afiladas como cuchillas.

[Nelo]

Traté de zafarme de aquella demoníaca bestia empleando todas mis fuerzas, pero no conseguí más que enfurecerla todavía más. Sus gruñidos guturales me hacían estremecer y su apestoso aliento me provocaba nauseas… ¿A qué esperaba para despedazarme? Minutos después, jadeante y cansado de luchar, me volví hacia ella con los ojos llenos de lágrimas, dispuesto a dejar que me devorara… Pero al darme cuenta de cómo me observaba, con aquella mezcla de pena y rabia contenida, supe que todavía no había llegado mi hora.

[CP Recio]

De un manotazo aparté sus zarpas y salí corriendo todo lo rápido que pude. Llamé al ascensor para ganar unos segundos, pero bajé por la escalera de emergencia hasta que me encontré con una salida cerrada. Volví a entrar en el edificio para buscar otra vía de escape. Aquella planta tenía las paredes y techos pintados en blanco y en los pasillos había enormes cristaleras a través de las cuales se podían ver decenas de incubadoras cubiertas con plásticos oscuros que impedían ver su contenido.

[Ízar]

Dónde estaba y por qué. Todo aquello parecía una pesadilla de la que no podía despertar. Mi realidad había cambiado. Y no sabía cuándo. Quería escapar de allí, pero también comprender qué era todo aquello.
De la bestia me había librado, por ahora.
Y esas incubadoras… Aquí pasaba algo. Empecé a recorrer el pasillo con sumo cuidado de no ser visto a través de los cristales. Estaba buscando la entrada. A los pocos metros encontré un puerta, aferré mi mano al pomo y mientras lo hacía girar, la voz de un mujer gritando me sobresaltó.

[Nelo]

Tomé aire, aguanté la respiración durante unos segundos y abrí suavemente la puerta.
Una mujer corría por el aparcamiento en dirección a una berlina de color verde, estacionada frente a dos contenedores de basura desbordados. Su rostro reflejaba verdadero pavor. ¿De qué estará huyendo?, me preguntaba cuando, de pronto, se abalanzó sobre ella una bestia muy parecida a la que me había atacado minutos antes, y de una dentellada le arrancó la yugular. Mientras devoraba a su víctima, me di cuenta de que en su espalda, encorvada y cubierta de pelo, llevaba adheridos los restos de una especie de envoltura gelatinosa, similar a una placenta.
Y empecé a atar cabos…

[CP Recio]

Podía salir corriendo y tratar de llegar al coche para huir muy lejos de aquella pesadilla o dar media vuelta y enfrentarme a mis sospechas.

[CP Recio]

Quizás fui un insensato o quizás tenía miedo de que me pillara el monstruo intentando huir, el caso es que regresé sobre mis pasos y volví al lugar donde había empezado todo.

[Athalberht]

Conseguí volver, sin ser visto, a la sala de incubadoras con cuerpos dentro. Como descubrí la primera vez, estaba repleta de ellas. Sin embargo, ya no había rastro alguno del individuo con el que me crucé al principio de mi pesadilla. Aquello me relajó un poco. Aunque no mucho. Me acerqué a la incubadora más cercana. Y confirmé que realmente eran cuerpos lo que había en su interior. Pero cada incubadora guardaba uno diferente. en realidad, diferentes estados de desarrollo. Porque lo que observaban mis ojos eran cuerpos de una misma persona. Todos ellos. Y todos eran idénticos a mí.

[CP Recio]

Todos aquellos cuerpos eran réplicas de mí mismo. No tenía sentido a no ser que… Tuve un presentimiento y regresé a la habitación donde me había despertado. En la puerta había un cartel donde se podía leer “Dr. D. S.”. Entré sigilosamente y empecé a leer el historial que colgaba a los pies de la cama junto a una carta dirigida a mí: «Doctor Diego Sotomayor».

«Diego Sotomayor, Director General del Centro de Genética molecular.

Seguramente cuando despierte no recordaré nada de lo ocurrido, por eso me he escrito estas líneas. Todo empezó…«

[CP Recio]

«…Todo empezó con el fin de la humanidad. Pero antes de continuar tienes que saber que los seres que controlan el Hospital son nuestros amigos. Mejor dicho, nuestros salvadores.

Durante la cuarta guerra mundial, las principales superpotencias desplegaron todo su arsenal nuclear y el resultado fue la muerte de todos los seres vivos sobre la tierra. Tanto animales como vegetales. Los únicos humanos que se salvaron fue gracias a ellos, los seres extragalácticos. Unos días antes del apocalipsis abdujeron a un grupo de personas de diferentes nacionalidades y tomaron muestras de animales y plantas de la Tierra…

[CP Recio]

…pero cuando las llevaron a su planeta no lograron adaptarse a su atmósfera y a los pocos días murieron todos. Afortunadamente, antes habían recogido muestras de ADN y las conservaron durante más de 1.000 años, el tiempo necesario para que la Tierra curara las heridas que le habíamos causado. Tras ese tiempo la tierra volvió a ser habitable.

[CP Recio]

Los seres extragalácticos regresaron a la Tierra y construyeron este centro para crear de nuevo la especie humana. Pero después de tanto tiempo se habían corrompido todas las muestras salvo Una. Tras varios intentos fallidos por preservar nuestra especie solo quedaba una opción: implantar el ADN en dos hembras extragalácticas. Este experimento culminó dos años después cuando una nueva especie vio la luz. Todo parecía ir bien, se empezaron a clonar cuerpos para multiplicar los individuos. La Doctora Sánchez junto contigo, Diego, erais la nueva generación. En cuanto crecisteis os pusisteis al frente de la investigación. Pero de repente la Doctora enfermó. En pocos días enloqueció y empezó a transformarse. Asesinó a la mitad de los extragalácticos de su equipo, su cerebro sufrió una mutación espontánea e involucionó causándole un grave retraso mental. A partir de ahí, su cuerpo se deterioró volviéndose deforme y contrahecho. Unos días después, empezó a pasarte lo mismo y fue cuando decidiste sedarte voluntariamente para evitar más muertes.

Seguramente cuando despiertes ya sea demasiado tarde y te habrás convertido en ese retrasado ser amorfo sin pelo y de piel clara que camina a dos patas buscando la muerte para saciar su instinto. Por eso he programado un transmisor en el centro de tu córtex cerebral que liberará una sustancia que terminará con tu sufrimiento en pocas horas.

No me culpes por tu muerte, la destrucción siempre estuvo presente en la cadena con la que te crearon, esa misma cadena que terminó con las especie humana y que estaba predestinada a su autoaniquilación”

Cuando terminé de leer el informe lo dejé sobre la mesita que había junto a la cama y me tumbé a esperar que me llegara el momento. Todo terminaría donde había empezado. Cerré los ojos y la oscuridad se fue adueñando lentamente de mi consciencia hasta que me invadió por completo. Entonces comprendí que la verdadera bestia siempre había sido yo.

FIN

¡¡¡GRACIAS A TODOS LOS QUE HABÉIS PARTICIPADO EN EL RELATO!!!

Esperamos que os haya gustado.

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Sobre el Autor: Carlos Pérez Recio

3 Comentarios Añade un comentario

  • Al final ha quedado genial. Buena iniciativa!

    • Gracias SSP, nos complace saber que te ha gustado. El año que viene otro, pero en mejores circunstancias. Y anímate a participar. No duele mucho!

  • Bueno, pues no ha estado nada mal. Un experimento divertido. Habrá que repetir en otra ocasión, ¿no?…

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